presenta
Fernando Díaz
Nada aquí es falso. Es la vida real; explotada.
Un tipo de la periferia escribe una arenga esperando prender un incendio.
Con este libro se abre la colección de narrativa de La oveja roja, y representa a la perfección lo que será el espíritu de sus títulos. Un texto sincero, en primera persona, cargado de potencia y muy lejos de la autoreferencialidad literaria.
Hermano yonqui muerto, exnovia trepa, padre sindicalista en derrota, madre con la vida embargada... Y entre ellos: tipo anónimo, un ordenanza de instituto que pasa costo mientras lee a Jack London y sueña con montar una carpintería y fabricar trineos.
Podrían ser los personajes de una mala novela, con todo contado desde afuera. Con benevolencia y técnica. Sin carne, suciedad ni sangre. Pero no. Esto no es una novela. Esto mancha. Que los curiosos den media vuelta. Aquí no hay condones ni medias tintas. Esto es un panfleto; una arenga. Un banderín de enganche «para seguir viviendo.»
«Este libro es una promesa que haréis o no haréis cuando lleguéis al final.» Una promesa que incluye fuego y gasolina. Para quemarlo todo. Para organizarnos y que el edificio arda hasta sus cimientos.
Narrativa actual cargada de fuerza y contenido político y con una clara vocación de intervención en el imaginario social.
El libro viene con fuertes avales dentro de la narrativa social contemporánea: Constantino Bértolo y Belén Gopegui serían los ejemplos más conocidos. El primero está escribiendo un artículo sobre el libro para un monográfico sobre novela social actual que será publicado a lo largo de 2015.
«Ahora, antes de seguir, tengo que deciros una cosa. Bueno, varias. Si estáis leyendo esto es que he entrado en la boca del lobo y sigo vivo. Estáis en vuestro derecho si me preguntáis por qué sigo vivo. ¿Qué quiere el lobo de mí? Iré despacio. Por un lado está la literatura: yo digo que esto no es una novela pero ¿y si es literatura? Entrar en la boca del lobo significa que alguien ha aceptado publicar estas páginas y difundirlas, y puede que lo haya hecho porque piense que son literatura, porque la literatura siempre está del lado de las mansiones, o casi siempre. Los escritores se pasan el día en cócteles y en cenas y escribiendo artículos sobre la lluvia o sobre lo malos que son los seres humanos, haciendo lo que sea que les sirva para seguir publicando libros y yendo a cócteles y a cenas y escribiendo artículos sobre la lluvia o cualquier otra cosa que no sea concreta, que no se parezca a reunirse un sábado por la tarde para ocuparse de los seiscientos despidos de OPEL en la factoría de Figueruelas. Cuando los escritores gritan o se cabrean, cuando alguna vez hacen pintadas o algo equivalente a las pintadas, tienen el buen gusto de hacerlas estéticas y refinadas para que no se note que son rabia escrita mal y pronto sino que parezcan sobre todo arte o literatura, igual que sus gritos musicales o sus cabreos hechos de silencios, sobreentendidos y ambigüedades. Se supone que si estoy aquí es por haber demostrado que me importa ser un escritor, por haber demostrado que puede haber escupitajos bellos. Pero a mí la literatura me la suda, os lo juro, a mí me importa producir un efecto.»
«Teníamos miedo al futuro, miedo a no alcanzar nunca algo que se pareciera a un porvenir, algo que por lo menos no se pareciera a la ropa de esas personas que sólo se visten para ir en metro. Llegan al trabajo se ponen el uniforme, se lo quitan, se ponen la ropa bonita, vuelven al metro y al llegar a su casa se quitan la ropa y se ponen algo viejo o se acuestan. Necesitábamos que el futuro no fuera la pena ilusionada con que alguien elige qué ponerse para recorrer los pasillos y apoyarse en la barra de un vagón lleno de gente donde puede que otro como él se fije en su camisa o en sus botas. Lo necesitábamos, pero ése era el único futuro que teníamos delante y, como parecían chillarnos los árboles, los coches, las televisiones, el único que merecíamos.»
Personajes en crisis perpetua, ritmo, estilo, sangre, tripas. Este libro es un acto, un grito, una respiración. Este libro no consiste en palabras juntas una detrás de la otra contándonos una historia.
«Ahora, antes de seguir, tengo que deciros una cosa. Bueno, varias. Si estáis leyendo esto es que he entrado en la boca del lobo y sigo vivo. Estáis en vuestro derecho si me preguntáis por qué sigo vivo. ¿Qué quiere el lobo de mí? Iré despacio. Por un lado está la literatura: yo digo que esto no es una novela pero ¿y si es literatura? Entrar en la boca del lobo significa que alguien ha aceptado publicar estas páginas y difundirlas, y puede que lo haya hecho porque piense que son literatura, porque la literatura siempre está del lado de las mansiones, o casi siempre. Los escritores se pasan el día en cócteles y en cenas y escribiendo artículos sobre la lluvia o sobre lo malos que son los seres humanos, haciendo lo que sea que les sirva para seguir publicando libros y yendo a cócteles y a cenas y escribiendo artículos sobre la lluvia o cualquier otra cosa que no sea concreta, que no se parezca a reunirse un sábado por la tarde para ocuparse de los seiscientos despidos de OPEL en la factoría de Figueruelas. Cuando los escritores gritan o se cabrean, cuando alguna vez hacen pintadas o algo equivalente a las pintadas, tienen el buen gusto de hacerlas estéticas y refinadas para que no se note que son rabia escrita mal y pronto sino que parezcan sobre todo arte o literatura, igual que sus gritos musicales o sus cabreos hechos de silencios, sobreentendidos y ambigüedades. Se supone que si estoy aquí es por haber demostrado que me importa ser un escritor, por haber demostrado que puede haber escupitajos bellos. Pero a mí la literatura me la suda, os lo juro, a mí me importa producir un efecto.»
«Teníamos miedo al futuro, miedo a no alcanzar nunca algo que se pareciera a un porvenir, algo que por lo menos no se pareciera a la ropa de esas personas que sólo se visten para ir en metro. Llegan al trabajo se ponen el uniforme, se lo quitan, se ponen la ropa bonita, vuelven al metro y al llegar a su casa se quitan la ropa y se ponen algo viejo o se acuestan. Necesitábamos que el futuro no fuera la pena ilusionada con que alguien elige qué ponerse para recorrer los pasillos y apoyarse en la barra de un vagón lleno de gente donde puede que otro como él se fije en su camisa o en sus botas. Lo necesitábamos, pero ése era el único futuro que teníamos delante y, como parecían chillarnos los árboles, los coches, las televisiones, el único que merecíamos.»
Lo siguientes títulos de la colección serán:
- Todo que ganar de Juako Escaso.
- Disidentes: antología de poetas críticos españoles (1970-2014) selección y edición de Alberto García-Teresa
Encontrarás información sobre ellos en el dossier adjjunto.
«Nuestra voluntad última es conmocionar, conmover, para repercutir de lleno sobre las vidas de quienes leemos y hacemos.»
Adjuntamos dossier
Si deseas más información o concertar una entrevista
| Susana SánchezArgumentaria |



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