Giuseppe Caputo vuelve con su tercera novela La frontera encantada donde reafirma las bases de una poética propia entre la memoria y la imaginación, en la que explora la herida social y el deseo en su novela más íntima.
«Giuseppe Caputo escribe sobre los vínculos más íntimos y las soledades urbanas como un aventurero en nuevos mundos, en busca de un lenguaje propio para narrar el presente. Es un poeta y un narrador de la ternura y la sordidez: lo admiro profundamente».
Mariana Enríquez
El autor estará disponible para entrevistas en Barcelona el 3 de marzo y en Madrid el 5 de marzo
En la literatura de Giuseppe Caputo, violencia y ternura confluyen, y lo hermoso, a menudo, puede verse atravesado por lo terrible. Con sus dos primeras novelas, Un mundo huérfano y Estrella madre, el colombiano ha sentado las bases de una poética propia que, ligada a la fantasía, al humor, al dolor y a la provocación, se sostiene gracias a una combinación, poco frecuente, de ambición, audacia y talento. Ambas obras se inscriben en el plano de la ficción, del que Caputo ahora, en parte, se aleja con La frontera encantada , una novela escrita entre la memoria y la imaginación: un territorio liminar donde ciertas distinciones se difuminan. Hay algo de juego, dice el autor, en una obra que surge del archivo personal: un dibujo realizado en la infancia, una escena tallada en la memoria, una expresión repetida hasta el cansancio o un hechizo que, lanzado frente a un espejo, traza una frontera social en el rostro.

Publicación: 26 de febrero de 2026.
LA OBRA
En Barranquilla, un niño es partido en dos por su abuela. 'Un lado de tu cara es distinguido, y el otro es vulgar', le dice la mujer ante el espejo, mientras con un dedo traza una línea que, desde la frente hasta la barbilla, recorre el rostro extrañado de su nieto. Como un encantamiento, estas palabras lo introducen en la vergüenza social y un mundo de jerarquías y aspiraciones donde la pobreza se desdeña y mediacara plebeya es más que suficiente para sentirse acomplejado. La abuela intenta que el lado distinguido del niño reluzca y, para mantener vivo el hechizo, castiga la vulgaridad y coarta cualquier muestra de espontaneidad infantil. Pero cuando la casa se sume en una crisis económica que provoca el quiebre mental del padre y desencadena su trastorno bipolar, la procedencia humilde que la abuela insiste en ocultar se revela de maneras insospechadas e hilarantes.
Una habitación repleta de jaulas de mirlas, el suelo de la casa cubierto de tierra, los estallidos del padre, su mirada desorbitada y el sueño delirante de un puente entre Colombia e Italia, junto a las reprimendas de la abuela, empeñada en sostener una impostura, son algunos de los fragmentos de una memoria, la del narrador, que comienza con el hechizo de infancia, un suceso fundacional que se proyecta, zigzagueando, hacia la juventud y la adultez. El complejo de inferioridad enlaza con la mirada escandalizada de la familia ante sus gestos desafiantes de marica, y también, con tantas ofensas oídas en la niñez que reverberan, años más tarde, en un pacto de amistad desigual, en las fantasías adolescentes o en las primeras experiencias sexuales. De la Barranquilla natal a Bogotá, y de allí a Iowa, la suya es una historia del deseo en la que hay amantes, sexo, reencuentros y un erotismo que puede ser sórdido, tierno o reproducir la violencia y el miedo que crecen a la sombra del encantamiento y la herida acomplejada.
Es un tiempo deseante, difícil, nos dice el narrador, y es entonces cuando, a orillas de un río, un loco le ofrece que escoja una visión: lo más hermoso o lo más terrible. Porque ésta es también la historia de esa visión y de una búsqueda: la que lleva del nudo familiar al extravío y, finalmente, al goce, a la libertad y a la alegría del cuerpo.

