Para un ruiseñor
MARIA VAN RYSSELBERGHE
Breve, delicada, intensa: una obra maestra de la narrativa más
poética (y nunca antes traducida al español).
Por la autora de la elogiadísima Hace cuarenta años
Por la autora de la elogiadísima Hace cuarenta años
Una
playa del Mar del Norte, un marido ausente, un amigo de la pareja… y ella, la
parte femenina de esa pareja, que nos contaba cuarenta años después cómo fue el
(imposible) amor en la casa de la duna. «Éramos como dos instrumentos afinados
de repente». Lo que importaba era ese «de repente», esa urgencia de ser, de
saberse vivo, de querer caer y levantarse a un tiempo. Las breves pero intensas
páginas de Para un ruiseñor no son menos conmovedoras que aquéllas de Hace cuarenta
años. Es evidente que su autora rememora el mismo episodio vital,
pero ahora con indudable tristeza. Si entonces volvía a poner en pie, con cada
detalle, con cada mínimo gesto, un momento pasado que revivía como el más vivo
presente, ahora parece no atreverse a volver enteramente a ese mundo. Y esa
vida pasada no es ahora una existencia paralela, sino que adopta la figura de
un ruiseñor que viene a cantar junto a su ventana, como si el camino de vuelta,
que la autora recorría en Hace cuarenta años para volver al
pasado vivo, se hubiera cegado de pronto y su recuerdo no fuera ya un mapa de
regreso, sino pura melancolía.
Con
ese lirismo que nos recuerda tanto a San Juan de la Cruz como a John Keats, que
va del símbolo a lo real, Para un ruiseñor es mucho más que una
memoria del amor: nos enseña a vivir en varios tiempos a la vez, a vivir la
vida sin dejar de vivir nuestras vidas anteriores, a sobrevivir a la intensidad
pasada sin perderla, y, lo más importante, sin renunciar a la intensidad
presente. Pocas obras en prosa hay tan hermosas como ésta.
Maria van Rysselberghe (Bruselas, 1866 –
Cabris, Alpes marítimos, 1959). Es una de las más fascinantes escritoras
«secretas» de todos los tiempos, una autora de culto de breve obra cuya leyenda
ha seducido a numerosos lectores a lo largo de los años. Hija de una familia
culta ligada al mundo del arte belga, y casada con el pintor Théo van
Rysselberghe, fue también la amiga más cercana de André Gide, quien la bautizó
como la «Petite Dame» por su pequeña estatura y presencia física. A partir de
1918 emprendió la tarea de registrar día a día y hasta la muerte de Gide (1951)
todo aquello de lo que era testigo en la vida del escritor: frases,
acontecimientos, el ambiente en el que vivía, la génesis de sus obras, su
postura ante los sucesos de su época, su vida íntima… Durante un tercio de
siglo llenó diecinueve gruesos cuadernos de «Notas para la historia auténtica
de André Gide». Hoy en día esa crónica es conocida como Los cuadernos
de la Petite Dame y, publicada por la editorial Gallimard,
constituye un documento irremplazable para el conocimiento de toda una época de
la literatura francesa y, en general, europea. Pero su obra no se compone
exclusivamente de estos cuadernos: animada por Gide, escribió, al menos, tres
textos fundamentales: Strophes pour un rossignol, Galerie privée
y el fundamental Hace cuarenta años.


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