Pecados
originales
de Rafael Chirbes
La buena letra
&
Los disparos del cazador
Bajo
el título Pecados originales,
Rafael Chirbes ha reunido en un único volumen dos de sus novelas más emblemáticas: La buena letra (1992) y Los
disparos del cazador (1994). Con prólogo escrito por el autor expresamente
para esta edición, Pecados originales
es un díptico de deslumbrante lucidez en el mundo de nuestra posguerra.
Veinte
años después de haber sido escritas, cuando el gran espejismo del
enriquecimiento parece haberse hecho trizas, estas dos obras se cargan con
nuevos sentidos, al tiempo que mantienen toda su excelencia literaria.
«Con permiso de Juan Marsé, Chirbes es el mayor novelista en activo de
nuestro país» (Ricardo Menéndez Salmón).
«La buena letra vuelve a
poner en danza el trinomio de la literatura mundial –el amor, el sufrimiento y
la muerte–. Una obra maestra» (Hamburger
Abendblatt).
«En Los disparos del cazador
está todo: hay una realidad común, pero convertida en símbolo de la historia
colectiva. Una novela memorable» (Santos Alonso).
«Con La buena letra y Los disparos del cazador, se ha situado
entre los mejores novelistas contemporáneos» (Martine Silber, Le Monde).
Unos
extractos del prólogo:
«Han pasado veinte años desde
que escribí estos Pecados originales.
La buena letra se publicó en 1992, Los disparos del cazador en 1994. Las
dos nouvelles –que eso son, a esa
definición aplican su ritmo, su tensión y hasta su pretensión de acunarse en
un tono– fueron escritas a rebufo del ajetreo del dinero fácil en una España
que se preparaba para las grandes celebraciones del 92...
No puedo hablar de La buena letra y Los disparos del cazador sin hablar de cómo fueron aquellos años en
que banqueros y millonarios se convirtieron en héroes populares. No sólo
porque no hay arte que no tenga fecha y no sea fruta de su tiempo, sino porque,
además, escribí estas novelas precisamente como un antídoto frente a los nuevos
virus que, de repente, nos habían infectado: codicia y desmemoria. O, por ser
más preciso –en la medida en que un libro seguramente no es antídoto de nada,
no salva de nada–, digamos que las escribí con el afán de almacenar en algún
lugar briznas de esa energía del pasado que desactivaban, para guardar trazas
de la página de historia que arrancaban, o para salvar la parte de mí mismo
que naufragaba en aquel confuso vórtice. Al lector de hoy, cuando tantas cosas
se han venido abajo, le toca juzgar si aún tiene vigor lo que escribí entonces…
He dicho que escribí estas dos
novelas como quien fabrica una pila voltaica para dejarla a disposición del
lector, aunque creo que las escribí, sobre todo, por egoísmo: para salvarme,
para sacar la cabeza fuera de aquel remolino. Las escribí porque no encontraba
mi lugar en el nuevo mundo que estaba naciendo, porque braceaba en vano sumido
en un chupadero de frívola voracidad y desmemoria. Por aquellos días en los
que los valores se invirtieron bruscamente, tenía la impresión de que no sabía
quién era yo, ni en qué se habían convertido los demás. Escribí este díptico,
que ahora aparece con el título de Pecados
originales, para volver a encontrarme, porque tenía mucho miedo de hacerme
daño, o de que me hicieran daño, o de hacer daño. Lo escribí por la misma razón
por la que he seguido escribiendo novelas otros veinte años».
Rafael Chirbes
Beniarbeig, 27 de junio de 2013


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