Era todo el mismo hueco, el nuevo trabajo de Eider Rodríguez, Premio Llibreter 2024 por Material de construcción y Premios Euskadi de Literatura y Euskadi de Plata 2018 por Un corazón demasiado grande.
«La buena literatura desvela, y eso hace Eider Rodríguez: ponernos delante del espejo a través de un intenso recorrido por las sombras de nuestro tiempo. Leerla es conocernos, y alivia y duele».
Elvira Navarro
La autora estará disponible para entrevistas el 5 y 6 de marzo Barcelona y el 12 y 13 de marzo Madrid
En Era todo el mismo hueco, Eider Rodríguez trabaja con una imagen insistente —el hueco, la cavidad, la hendidura— para hablar de aquello que se abre (o se quiebra) en la vida cotidiana: un matrimonio que ya no encaja del todo, una amistad que se deshilacha, una convivencia que se vuelve representación, un cuerpo que enferma, un deseo que irrumpe como una grieta. Los relatos avanzan desde situaciones reconocibles hacia zonas incómodas, donde la estabilidad se revela frágil y la intimidad, lejos de ser un refugio, se convierte en un terreno de tensión y de pregunta.
Los personajes se mueven en espacios fronterizos y provisionales: una playa en plena canícula donde el cuerpo reclama una verdad distinta, una ruina ocupada por dos adolescentes como “palacio” improvisado, un agujero excavado bajo una casa como promesa de expansión y como secreto, una cena “perfecta” donde todo parece estar colocado para ser mirado, una isla turística donde lo ligero convive con una ansiedad soterrada, y un hogar convertido en antesala de la muerte y en lugar de despedida. En todos los casos, Rodríguez observa cómo se negocian —con torpeza, con rabia, con humor negro, con lucidez— los pactos afectivos y los papeles asignados: qué significa “cuidar”, “amar”, “desear”, “ser normal”, “estar bien”.
La escritura se fija en lo mínimo (un gesto, una frase, un objeto fuera de lugar) para ir abriendo capas: debajo de la superficie domesticada aparecen la vergüenza, la competitividad íntima, la violencia latente, la necesidad de control, el miedo a la decadencia del cuerpo, y también una búsqueda obstinada de contacto con lo real. A menudo esa búsqueda se formula como un “thriller” de lo cotidiano: los personajes no siempre saben qué desean o qué temen, pero sienten que algo se mueve bajo sus pies, como si la vida “normal” estuviera construida sobre un terreno inestable.

Publicación: 5 de marzo de 2026.
LOS RELATOS UNO A UNO
“Canícula” arranca desde un malestar crónico y una vida doméstica asfixiante, en la que incluso el ruido del perro o la falta de intimidad se vuelven síntomas. A partir de ahí, la protagonista se deja arrastrar hacia una experiencia física —sol, mar, cuerpo— impulsada por un “médico” que prescribe reconexión con los sentidos. El encuentro con Román, en una playa nudista, abre una grieta donde el deseo aparece ligado a la curiosidad, a la humillación, a la necesidad de verdad y también a una forma extraña de vitalidad.
“Mares y ruinas” sigue a dos amigas adolescentes que ocupan una casa a medio construir —casi solo cimientos— y la convierten en un lugar propio con recursos precarios e imaginación, como si habitaran un territorio provisional que solo existe mientras ellas lo sostienen. Años después, el regreso revela que ese espacio ya ha sido “terminado” por otros: lo que fue ruina y promesa aparece domesticado, privatizado, convertido en otra cosa.
“El agujero” lleva al extremo la imagen central del libro: una pareja empieza a perforar el suelo de su vivienda para ganar espacio bajo tierra. El proyecto tiene algo de trance, de secreto, de trabajo obsesivo y también de fantasía compartida (el hueco como ánfora, como refugio, como lugar para bailar y excitarse a escondidas). La excavación reorganiza la vida, el tiempo, los turnos, la confianza: lo que parece expansión es también un descenso, una forma de exponer las fisuras en la pareja y en el propio relato de “vida ordenada”.
“Corazón de pato” sitúa a una narradora —escritora invitada— en la casa de una familia que encarna una perfección inquietante: éxito, corrección, entusiasmo identitario, hospitalidad impecable. La cena temática, el detalle gourmet (los “corazones de pato”) y el despliegue de complicidad funcionan como puesta en escena. Bajo esa superficie, el relato indaga en las tensiones de clase, en la competitividad entre familias, en el deseo de ser aceptada y en el malestar que producen las relaciones cuando se vuelven exhibición y examen permanente.
“Lecciones de buceo” se desarrolla en una isla donde todo parece ligero y turístico, pero la protagonista queda aislada por una lesión (el peroné roto, la posibilidad de cirugía, la dependencia) y, desde esa inmovilidad, se intensifica la crisis de pareja y la comparación constante con otros vínculos “mejores”. En paralelo, la noticia del rescate en una cueva inundada atraviesa la narración como metáfora insistente: entrar en lo oscuro, atravesar pasos angostos, aprender a respirar donde no se puede.
“El cráter” acompaña a Nekane en el cuidado de Fani, su pareja, en un proceso de enfermedad y despedida en casa. El relato reconstruye una vida compartida hecha de pactos, silencios, armisticios familiares y lealtades, hasta llegar a la intimidad final del cuidado —la presencia, el cuerpo, el gesto mínimo— como lugar donde se decide qué significa querer a alguien “sin retenerlo”. En su trasfondo, el hallazgo de un obús en la playa abre otra cavidad simbólica: un agujero en la normalidad que obliga a mirar de frente el miedo, la fragilidad y lo irreversible.
«Sentía un gran deseo de volver a escribir relatos. Es en este género donde encuentro la intensidad y la fuerza transformadora de la literatura. La ficción es el lugar que necesito para poder contar historias, y las historias de ficción son el instrumento con el que más consigo asomarme a la tensión que rodea a la verdad. Los personajes de estos cuentos se nos presentan en sus rutinas diarias. Cotidianidad que he intentado narrar a la manera de un thriller. La mayoría de ellos apenas saben qué es lo que desean y qué es lo que temen, y es en esa disforia que son atrapados por la ansiedad. Sin embargo, luchan por parecer normales y solventes en un mundo que, bajo ese inmenso y brillante césped artificial, está en avanzado estado de descomposición».
Eider Rodríguez
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