Presentación de La Tierra del Grajo - Editorial Verbum
La trama, sobre todo la trama. Ese es el sello de la narrativa contemporánea. Hay dos grandes vías de entrada a ese lugar al que toda novela de hoy se encamina y para el que parece estar construida: el texto con sagacidad psicológica, o el ingenio, preferiblemente al estilo anglosajón. A lo primero puedo argüir que, secundando a Juan Benet, el escritor que recurre a la perspicacia psicológica se hunde más pronto que tarde en la pobreza de estilo. No en vano Benet (y servidor, modestamente, de nuevo le secunda) consideraba a Dostoievski como el escritor más horroroso de la historia de la humanidad. A lo segundo respondo que, según yo lo veo, cuando el ingenio entra en la página, la literatura sale del libro.
Lejos de estar sujetos por la coerción de la tarma, el lector tratará en La Tierra del Grajo con personajes felices, y por lo tanto, de los que no se pueden esperar desgarros psicológicos que llenen páginas con la pesantez de sus angustias diarias, ni con las vistas que ofrezcan sus altos precipicios morales, ni con sus enfrentamientos con una sociedad pacata y susceptible ante sus avanzadas maneras de conducirse, ni cualquier otro de los artificios al uso en materia de tramas literarias. Bien al contrario, Claudia, Octavio, Piero, Elia y Manfred llenan páginas y más páginas de todo aquello que han visto a lo largo de sus vidas, de personas, personajes, historias, rumores, leyendas y paisajes, y participan al lector del placer de demorarse en ellos, bien lejos, en el polo opuesto de la intriga, del artificio, del deus ex machina, del retruécano o de la moralina, sitios a los que inevitablemente conduce el camino del embrollo ingenioso, de la trama, de la intriga hábilmente dosificada por el autor. Octavio cuenta su vida para un lector que disfrute demorándose en la lectura, no para deleitarse en el ingenio, ni para aprender nada, ni para obtener elementos de comparación para su alma torturada, ni para nada que resulte ni siquiera remotamente utilitario, ni para recrearse en el sublime amor de dos seres excepcionales. Y para disfrutar de ese placer se precisa tiempo, parsimonia, detalle, ramificación: si algo es impedimento del placer de leer son esas prisas por ir a las contingencias de los personajes a las que urgen los tiempos. Temo que mis personajes no hayan padecido esas contingencias en toda su vida.
Se dice en las citas iniciales que mirar bien puede ser una forma de conocimiento superior a otras, más racionales, y que los objetos, cuando el hombre no les impone sus impertinentes maneras, ni una dirección obligatoria, irradian, de una manera que, por ejemplo, Ernst Jünger describió a lo largo de un par de miles de páginas. Porque no menos precisó para ello. Para mirar hay que detenerse, demorarse, volver a lo visto una y otra vez, contárselo a uno mismo una y otra vez y, de vez en cuando, a los demás. Lo contrario no es mirar: es catalogar. No es escribir: es aleccionar.
A lo largo de La Tierra del Grajo se nos muestran trazos de vidas excepcionales, se nos cuenta con detalle todo aquello que las ha hecho posibles y, más aun, todo lo que las han adornado. Yo he colocado esa exhuberancia, entre benetiana y cunqueriana, por encima de la intimidad de sus vidas, que se tratan con abierto pudor. Al menos estaremos de acuerdo en una cosa: en que de la exhibición de intimidades tan propia de los tiempos está llena la literatura, mientras que somos pocos los que ofrecemos el contrapeso de la intimidad, de la contemplación y del sosiego.
Igualmente, el libro que les presentmos es la prueba de que es posible situar una novela de viajes tanto en los bosques de Karelia, en los del Alto Palatinado o en las costas croatas de principios de siglo XX como en las provincias de esa España rural tan denostada por todos. Las misma irradiación poética es posible encontrar en los ordenados jardines de un sanatorio suizo que en las agrestes montañas del interior de Castellón o en las llanadas semiáridas alicantinas. Así lo vieron antes que yo viajeros de necesidad o de fortuna, como Benet, Larbaud o Cunqueiro. ¿Qué diferencia sustancial hay, a los ojos del viajero, entre el valle del Palamó de principios del siglo XX (pequeña artesa aluvial del extrarradio de Alicante, hoy convertida en tierra de rotondas, señales de tráfico y edificios de varias plantas), con sus casas de recreo modernistas y sus jardines de cipreses y palmeras, y las soleadas laderas de la Toscana? Quizá entre ambas no haya más que la distancia que impone el prejuicio más arraigado en España: aquél que afirma que la tierra de nuestro país es la esencia misma del atraso. Y nada hay más falso que ese eficaz y disolvente prejuicio; es ahí donde la intelligentsia española se ha apoyado para abrir las puertas a la asimilación de toda forma anglosajona durante los últimos treinta años; y ahora, a forma todavía más rígidas, que ya apuntan en el horizonte.

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