|
LAS ENSEÑANZAS DE DON B.
Una antología
de uno de los grandes maestros del relato norteamericano: Donald
Barthelme.
«La influencia de Donald Barthelme en
el relato corto de su época puede compararse a la que Hemingway u
O'Hara ejercieron en el de la suya». The New York
Times
«El placer que proporciona a sus
lectores está más allá de toda duda. Su origininalidad es inigualable». Los Angeles
Times
SINOPSIS: Las enseñanzas de Don B. reúne
algunos de los mejores relatos de Donald Barthelme. En ellos se
abordan, con humor, agudeza y una increíble audacia, muchas de las
problemáticas centrales de la sociedad contemporánea. Entre sus páginas
encontraremos gigantescos globos que se expanden entre las calles de
Manhattan, personajes históricos, conocidos villanos, brujas,
ingenieros, amantes versados en tecnología militar, esmeraldas
parlantes, conejitas de Playboy e incluso las primeras imágenes del
alma humana (en ascensión). Todo ello da forma al singular collage en
el que Barthelme ve reflejado nuestro tiempo y que, al igual que el
conjunto de su obra, constituye un auténtico alarde de renovación
lingüística y literaria, en ocasiones divertido, en otras perturbador,
pero siempre desafiante.
La presente
edición recoge historias de sus colecciones más destacadas: Cuarenta historias, Sesenta
historias y Las
enseñanzas de Don B, esta última hasta la fecha
inédita en español, y supone un nuevo ejemplo de la versatilidad
formal y conceptual de Donald Barthelme, cuyas enseñanzas, tanto
vitales como académicas (entre sus alumnos y seguidores encontramos a
Ann Beattie, Padget Powell, Grace Paley u Oscar Hijuelos) merecen ser
recordadas cada cierto tiempo.
Barthelme consideraba su literatura como "presuntamente
postmoderna", y su nombre siempre ha aparecido ligado a los de
otros grandes representantes de esta corriente, autores de la talla de
Robert Coover, John Hawkes, John Barth o William Gass.
Lo primero que hizo mal la niña fue arrancar páginas de
sus libros. Así que establecimos como norma que, cada vez que arrancara
una página de un libro, tendría que quedarse sola en su habitación
durante cuatro horas. Con la puerta cerrada. Al principio arrancaba en
torno a una página al día y la norma funcionaba bastante bien, aunque
los llantos y los gritos que salían del otro lado de la puerta cerrada
eran desalentadores. Concluimos que es el precio que hay que pagar, o
parte del precio que hay que pagar. Pero luego, cuando su agarre
mejoró, se dedicó a arrancar las páginas de dos en dos, lo que
significaba ocho horas sola en su habitación, con la puerta cerrada,
algo que no hacía más que duplicar la irritación de todos. Aun así, no
dejaba de hacerlo. Y entonces, con el paso del tiempo, comenzamos a
tener días en los que arrancaba tres o cuatro páginas, lo que la hacía
pasar sola en su habitación hasta dieciséis horas de un tirón,
interfiriendo con el proceso normal de alimentación y preocupando a mi
mujer. Pero yo sentía que si se establece una norma, hay que seguirla,
hay que ser consistentes, en caso contrario se quedan con una idea
equivocada. La niña tenía unos catorce o quince meses de edad en ese
momento. A menudo, por supuesto, se quedaba dormida tras una hora más o
menos de llanto. Eso era una bendición. Su habitación era muy bonita, con
un gracioso balancín en forma de caballo y prácticamente un centenar de
muñecas y animales de peluche. Había montones de cosas que hacer en esa
habitación si utilizaba el tiempo con inteligencia: rompecabezas y
cosas así. Por desgracia, en ocasiones, cuando abríamos la puerta nos
encontrábamos que había arrancado más páginas de más libros mientras
estaba encerrada y estas páginas tenían que ser sumadas al total para
ser justos. (Extracto de La
niña)


|
No hay comentarios:
Publicar un comentario