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martes, 29 de octubre de 2013

453.- LAS ENSEÑANZAS DE DON B.








Tïtulo: Las enseñanzas de Don B.
Autor: Donald Barthelme
Traductor: Enrique Maldonado Roldán
Número de páginas: 288
PVP: 20,00 €
ISBN
978-84-15509-19-6

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Donald Barthelme (Filadelfia, 1931 – Houston, 1989) es uno de los grandes renovadores de la narrativa breve estadounidense de la segunda mitad del siglo XX. Además de escritor, Barthelme fue también reportero para el Houston Post, editor de la revista Location, director del Museo de Arte Contemporáneo de Houston y profesor en las universidades de Boston, Búfalo y en el City College de la City University of New York. Aunque nace en Filadelfia, pronto su familia se traslada a Texas. Allí su padre trabaja como profesor de Arquitectura en la Universidad de Houston, donde el propio Barthelme estudia Periodismo y Filosofía. Junto a los relatos cortos por los que es fundamentalmente conocido, Barthelme escribió también varias novelas: Blancanieves, El padre muerto, Paraíso y El Rey.


Próximamente en Automática

La vida de un hombre innecesario, Maksim Gorki

- En busca de un pájaro azul, Joseph Wechsberg

Moscú 2042, Vladimir Voinóvich



Contacto: Lucía Barahona
lucia@automaticaeditorial.com


LAS ENSEÑANZAS DE DON B.
Una antología de uno de los grandes maestros del relato norteamericano: Donald Barthelme

«La influencia de Donald Barthelme en el relato corto de su época puede compararse a la que Hemingway u O'Hara ejercieron en el de la suya». The New York Times
 
«El placer que proporciona a sus lectores está más allá de toda duda. Su origininalidad es inigualable». Los Angeles Times

SINOPSISLas enseñanzas de Don B. reúne algunos de los mejores relatos de Donald Barthelme. En ellos se abordan, con humor, agudeza y una increíble audacia, muchas de las problemáticas centrales de la sociedad contemporánea. Entre sus páginas encontraremos gigantescos globos que se expanden entre las calles de Manhattan, personajes históricos, conocidos villanos, brujas, ingenieros, amantes versados en tecnología militar, esmeraldas parlantes, conejitas de Playboy e incluso las primeras imágenes del alma humana (en ascensión). Todo ello da forma al singular collage en el que Barthelme ve reflejado nuestro tiempo y que, al igual que el conjunto de su obra, constituye un auténtico alarde de renovación lingüística y literaria, en ocasiones divertido, en otras perturbador, pero siempre desafiante.

La presente edición recoge historias de sus colecciones más destacadas: Cuarenta historias, Sesenta historias y Las enseñanzas de Don B, esta última hasta la fecha inédita en español, y supone un nuevo ejemplo de la versatilidad formal y conceptual de Donald Barthelme, cuyas enseñanzas, tanto vitales como académicas (entre sus alumnos y seguidores encontramos a Ann Beattie, Padget Powell, Grace Paley u Oscar Hijuelos) merecen ser recordadas cada cierto tiempo.

Barthelme consideraba su literatura como "presuntamente postmoderna", y su nombre siempre ha aparecido ligado a los de otros grandes representantes de esta corriente, autores de la talla de Robert Coover, John Hawkes, John Barth o William Gass. 

Lo primero que hizo mal la niña fue arrancar páginas de sus libros. Así que establecimos como norma que, cada vez que arrancara una página de un libro, tendría que quedarse sola en su habitación durante cuatro horas. Con la puerta cerrada. Al principio arrancaba en torno a una página al día y la norma funcionaba bastante bien, aunque los llantos y los gritos que salían del otro lado de la puerta cerrada eran desalentadores. Concluimos que es el precio que hay que pagar, o parte del precio que hay que pagar. Pero luego, cuando su agarre mejoró, se dedicó a arrancar las páginas de dos en dos, lo que significaba ocho horas sola en su habitación, con la puerta cerrada, algo que no hacía más que duplicar la irritación de todos. Aun así, no dejaba de hacerlo. Y entonces, con el paso del tiempo, comenzamos a tener días en los que arrancaba tres o cuatro páginas, lo que la hacía pasar sola en su habitación hasta dieciséis horas de un tirón, interfiriendo con el proceso normal de alimentación y preocupando a mi mujer. Pero yo sentía que si se establece una norma, hay que seguirla, hay que ser consistentes, en caso contrario se quedan con una idea equivocada. La niña tenía unos catorce o quince meses de edad en ese momento. A menudo, por supuesto, se quedaba dormida tras una hora más o menos de llanto. Eso era una bendición. Su habitación era muy bonita, con un gracioso balancín en forma de caballo y prácticamente un centenar de muñecas y animales de peluche. Había montones de cosas que hacer en esa habitación si utilizaba el tiempo con inteligencia: rompecabezas y cosas así. Por desgracia, en ocasiones, cuando abríamos la puerta nos encontrábamos que había arrancado más páginas de más libros mientras estaba encerrada y estas páginas tenían que ser sumadas al total para ser justos. (Extracto de La niña)

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Jim & jhon