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La historia
Carlos tiene
cerca de cuarenta años, es un profesional que goza de gran éxito
social, un soltero de oro muy solicitado. Pero no sabe quién es. Durante
años ha tenido dudas sobre su origen, y su crisis de identidad envenena
toda su vida, angustia que aumenta, muy a su pesar, a medida que
transcurre el tiempo.
Principios de 1965. En el Hogar Cuna, una maternidad de beneficencia,
una joven soltera da a luz un niño. Apenas le ha dado los calostros,
sin siquiera poder verle la cara -el niño va completamente tapado para,
le aseguran, evitar contagios por una infección-, le comunican la
noticia de su fallecimiento.
Han pasado los años y María Dolores, la madre del niño malogrado,
relata su caso ante el juez: cuando tuvo su primer hijo, tenía
solo 17 años. No pudo verle en ningún momento y el hospital se encargó
de todos los trámites para su entierro. Pero ella nunca olvida, y
a menudo sueña que el niño la llama.
Un día aparece por la ferretería, el negocio que tiene la familia, un
joven que pregunta por ella. María Dolores está de viaje, en la playa,
un viaje organizado por sus hijos para amortiguar la pena de una viudez
aún reciente. Ella sabe que se trata de ese hijo perdido, pero no
tiene sus datos, el joven no los ha dejado. No sabe dónde buscarle.
Quiere dar con él, que actúe la justicia. Sin embargo, carece de la
documentación correspondiente, no tiene pruebas que confirmen su
intuición, y el juez le dice que sin ellas no hay nada que se pueda
hacer.
La única persona
que supo del embarazo de su nieta María Dolores, fue su abuela Camila,
o la abuela Mila, como la conocían en el pueblo. La abuela Mila vivía
unos kilómetros a las afueras de un pueblo cercano a Valladolid, en la
cabañuela de la Ventolera, donde ella y su marido tenían unas viñas.
Antes, la casa había sido sólo un chamizo, y allí habían concebido a su
hija, la madre de María Dolores, pocos meses después de la boda. Le
pusieron de nombre Morgana. Pero al estallar la guerra, Valladolid es
controlado por los militares rebeldes, y el abuelo se convierte en
sospechoso por el simple hecho de haber sido funcionario del
ayuntamiento y por tener una hija con un nombre fuera del
santoral. El abuelo es fusilado y, al día siguiente, la viuda y su
pequeña son llevadas a la iglesia para bautizar a la niña con el nombre
de Urbana (el que le correspondía por su fecha de nacimiento), y luego
al cuartelillo de la Guardia Civil, donde el teniente somete a Mila y a
su hija a una despiadada humillación. A partir de entonces la
abuela vive allí, apartada de todos.
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