La milenaria institución que es el Pontificado se asienta
sobe un entramado conceptual político y teológico de difícil engranaje. Un
engranaje que se configuró en su forma moderna a finales de la Edad Media y
principios de la Edad Moderna; el pontífice, rey soberano, se constituyó como
una dualidad terrenal y política, por un lado, y espiritual y teológica por
otro. Hoy día, 500 años después, el pontífice, como monarca y como padre
espiritual, sigue asentándose sobre esos mismos principios.
¿Puede, pues, renunciar un papa? La respuesta, como
siempre cuando se trata de la historia del catolicismo, no es fácil y está
llena de matices.
La figura del papa-rey, con la simbiosis entre
sacralidad y poder, ha proporcionado importantes elementos para la elaboración
de una nueva síntesis política. Si por una parte el papado, al concentrar el
poder espiritual y temporal en la figura bifronte del pontífice, transpone
continuamente elementos sacros sobre el plano de las estructuras estatales y
elementos estatales sobre el plano eclesiástico, retorciéndose así en una
espiral de decadencia; por la otra, la monarquía papal ofrece al Estado moderno
el modelo para incorporar la religión en el interior de la política y para
construir las modernas Iglesias territoriales. Ésta es la herencia que –como
muestra Paolo Prodi en este brillante y ya clásico estudio– el papado de la
primera Edad Moderna ha dejado a la Iglesia y al Estado de los siglos
sucesivos, hasta nuestros tiempos.



No hay comentarios:
Publicar un comentario