Selva Almada - Libro: Una casa sola
La autora estará disponible para entrevistas el 23 y 24 de marzo en Madrid y el 25 en Barcelona
Una casa sola es la nueva y esperada novela de Selva Almada, finalista del Premio Booker Internacional: una fábula sensible e inquietante sobre las casas que habitamos y dejamos atrás.
«Leer a Selva Almada es hurgar en el asombro. Su escritura es audaz y sus historias nos hablan tanto de la violencia como de la ternura, tanto de la podredumbre como de la belleza».
Mónica Ojeda

Publicación: 17 de marzo de 2026
Madrid, 3 de marzo de 2026 - En 2020, con la publicación de No es un río, finalista del Premio Booker 2024, Selva Almada dio un cierre magistral a su trilogía de varones, inaugurada con El viento que arrasa y seguida inmediatamente por Ladrilleros. Las masculinidades conflictivas y la complejidad con que se trama la amistad entre hombres están en el centro de tres novelas que enlazan entre sí a través de cierta idea de virilidad, y también de un mismo paisaje rural donde se impone la presencia del caudaloso río Paraná. Criada en el litoral entrerriano, Almada se ha dedicado a contar su región natal, volviéndola ficción. La naturaleza, las vidas que transcurren en las inmediaciones del río, la cadencia del campo, el aire espeso de los días de verano: su prosa ha conseguido capturar todo eso, y más, con enorme precisión y una lengua que plasma la oralidad del lugar y la lleva a lo poético. Tierra adentro, entre el cauce del Paraná y el río Uruguay, se extiende el espinal: llanos fértiles cubiertos de bosque y pastizales. Este territorio de grandes latifundios y pueblos diseminados, es el escenario de Una casa sola (Random House, 2026) una novela en la que Almada se aleja del agua para centrar la atención, esta vez, en una parcela de monte y la historia que se despliega entre las cuatro paredes de una casa deshabitada.
Escribir, dice Selva Almada en Deambular otra vez , tiene que ver con pescar. Se necesita paciencia y silencio, y hay también nerviosismo: aquel que se experimenta cuando algo desconocido, la chispa de un relato, sale a la superficie. La primera chispa de Una casa sola surgió en la residencia para escritores de Saint-Nazaire, muy lejos del calor entrerriano y el paisaje que inspira la novela. A la imagen de una casa abandonada en medio del campo le siguió una pregunta: ¿qué le pasa a una casa cuando desaparecen aquellos que la convirtieron en hogar? La respuesta, poco a poco, fue cobrando la forma de una novela inquietante que, narrada por la casa misma, contiene en sí fragmentos de la historia de todos los que alguna vez pasaron por ese trozo de tierra ganado al monte.
Consciente de la prolongada ausencia humana y de cómo sus muros agrietados han pasado a ser una amalgama de adobe, ladrillos y vegetación, la casa conserva la memoria de sus orígenes, las voces de sus habitantes, los secretos de los niños y el eco de muchas batallas. Se podría decir que sus paredes hablan, que tiene ánima, al igual que las casas encantadas que pueblan la literatura gótica. Sin embargo, en esta casa no hay intención ni malicia: se comporta, más bien, como testigo discreto de la vida que discurre. Al fin y al cabo, mucho tiempo atrás, la gringa que estuvo a punto de colgarse de una de sus vigas, y terminó haciéndolo en el árbol más cercano, la eximió de convertirse en una casa maldita. De lo que no ha conseguido librarse es de un misterio cuya resolución se pospone indefinidamente. La desaparición de Lucero, Lorena y sus hijos atraviesa una novela que incorpora algunos elementos del noir para componer una historia elíptica, contada desde un punto de vista fijo y, en consecuencia, sesgado.
En Una casa sola , hay suspense, y también indicios, pero como ocurre con las fosas que cavan los forenses, todo se va cubriendo de hierba y no quedan más que perturbadoras conjeturas en las que laten los motivos que recorren la literatura de Almada: una vida rural sórdida, la violencia de los hombres, que aquí se traduce en gritos de guerra, dichos populares, jerarquías y afán de posesión; y la búsqueda de justicia de las mujeres, que crían, cuidan y velan por los vivos y los muertos. Y en medio de esta atmósfera dura, que se nutre tanto del noir como de la tragedia clásica, está la naturaleza, tenaz, tanteando los resquicios para recuperar lo que le ha sido arrebatado.
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En medio del campo hay una casa deshabitada. Las raíces de un árbol irradiaron los cimientos, las enredaderas cubren los muros: vegetación y casa se van volviendo un mismo monte. Picotean las gallinas en lo que alguna vez fue la cocina, los bichos anidan en el hueco de un calzado reseco y Miní, la perra que un día llegó huyendo, se enrosca sobre una pila de cueros sin curtir. Han pasado diez años desde que la familia que vivía ahí desapareció misteriosamente. La casa los esperó; durante un tiempo conservó su olor entre las paredes, las huellas de barro, la ropa tendida, los juguetes desparramados en la galería. Pero ya no queda casi nada de ellos; apenas lo que la casa recuerda.
Antes de la casa solo había llanura: el espinal extendiéndose más allá de lo que alcanza la vista humana. Hasta allí llegó el eco de una guerra civil, a la que siguieron años de conflicto en una nación en ciernes. Pasaron soldados, generales y caudillos, y aparecieron los primeros terratenientes y, con ellos, los temporeros: peones que levantaron en ese enclave cuatro paredes de adobe y un techo de ramas. La casa entonces fue refugio, un lugar donde dormir al final de largas jornadas de trabajo. Por los alrededores merodeó también una gringa, amante malograda, que se colgó de la rama de un árbol y lo último que vio fue la casa. Y un día vino Lucero, callado, trayendo lo puesto y poco más. Entró en la cocina con respeto, como si siempre hubiera vivido ahí. A la casa le gustó ese hombre. Al cabo de poco, trajo una perra, reparó algunas grietas y goteras, y después de tres o cuatro años, Lorena vino y no tardó en llegar el primer hijo. Lo que hasta entonces había sido una única habitación de adobe, se expandió con paredes de ladrillo, suelos de cemento, voces, más niños: la casa, poco a poco, se volvió hogar. Pero Lucero, su mujer y sus cuatro hijos de pronto desaparecieron. ¿Por qué? ¿Cómo?, comenzó a preguntarse la casa, en medio del trajín de la policía y los parientes entrando y saliendo de su interior, seguidos de un grupo de investigadores que cavaron fosas en la zona, buscando una verdad que aún se resiste a aparecer.
Hoy las fosas están cubiertas de hierba y ya nadie ronda por el espinal. Si alguien pasara, le sería difícil imaginar que, tiempo atrás, eso fue el hogar de una familia. Pero la casa recuerda, testigo inmóvil del transcurrir del tiempo y de la obcecación de la naturaleza por recuperar lo que los hombres tomaron siglos atrás.
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