¿Ouién es el hombre ausente e impenetrable que, al ser preguntado «¿Quién eres?» por los setenta rabinos reunidos en Nyéshave, procedentes de las principales ciudades de la Polonia rusa y Galitzia, solo responde, con voz distante, «No lo sé»? ¿Es el sensible y delicado Nájum, yerno del todopoderoso rebbe Mélej y experto en Cábala, que regresó casi irreconocible a Nyéshave tras quince años de misterioso vagar? ¿O, como sostienen los enemigos del rebbe Mélej, el más miserable y ridículo de los mendigos de Bielogura, Yoshe el pecador, a quien, para sofocar una terrible epidemia, casaron con Tzviya, la hija idiota del bedel? ¿Es un asceta, un santo, digno de suceder al ahora anciano rabino de Nyéshave y liderar a los jasidim, o un pecador, un perjuro?
Nunca la comunidad judía había estado tan desgarrada y dividida –hasta el punto de establecer un tribunal para resolver el caso–; nunca había vivido una disputa tan sangrienta, casi como si su destino pendiera del tenue hilo de una identidad vacilante y un vagabundeo incomprensible. Y nunca como en este hombre la incapacidad de decidir su propio destino, el exilio –de uno mismo, ante todo–, la angustiosa búsqueda de una patria inexistente, encontró una encarnación más misteriosa, conmovedora y memorable. |