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FRAGMENTO
«Al llegar al
capítulo dedicado al café y el té me he detenido de repente, embargada por
un aturdimiento de extraordinarias dimensiones. Si en otro tiempo no se
conocían estas benditas bebidas, ¿cómo se las arreglaba la literatura sin
ellas? ¿Cómo se escribían todas esas grandes obras? ¿Con qué se activaba
Platón cuando se despertaba medio atontado por las mañanas? ¿Qué hacían los
miembros de la ekklesía cuando la presión atmosférica se hacía
insoportable? ¿Cómo se las arreglaban los hipotensos, entre los que
probablemente se contaban Teócrito, Horacio o Tácito? ¿Qué bebían para
avivar el desfallecimiento de la vena creadora? ¿Vino? El vino es una
bebida alcohólica que primero estimula la conversación, luego el canto
coral y finalmente el sueño. No crea las condiciones idóneas para el
trabajo en soledad. ¿La cerveza? Como es sabido, la cerveza turba la mente.
¿Alguna otra bebida alcohólica más fuerte? Aún menos. Puede que muchas de
las grandes obras deban su origen a una fuerte resaca, pero esto es solo
porque, cuando tenemos una, nos bebemos un buen tazón de café bien cargado.
¿Hidromiel? ¡Por Dios! ¡Piedad! Ninguna de las bebidas alcohólicas
mencionadas anteriormente paraliza las facultades mentales de manera tan
fulgurante. Entonces, ¿alguna hierba con efectos narcóticos? Hasta el
momento no se conoce ninguna. Además, el precio a pagar por una breve
excitación de la imaginación mediante el uso de narcóticos es un
embotamiento aún mayor, algo que los autores de todas esas obras, planeadas
y cinceladas durante años, no se pueden permitir. Habrá que hacerse a la
idea de que cuando a los Tucídides, Aristóteles y Virgilios les invadía el
sueño mientras trabajaban, hundían la cabeza en agua fría y, después de
eso, resoplaban y volvían al trabajo».
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