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miércoles, 16 de octubre de 2013

263.- "Pecados originales" de Rafael Chirbes






Pecados originales de Rafael Chirbes
La buena letra
&
Los disparos del cazador



Bajo el título Pecados originales, Rafael Chirbes ha reunido en un único volumen dos de sus novelas más emblemáticas: La buena letra (1992) y Los disparos del cazador (1994). Con prólogo escrito por el autor expresamente para esta edición, Pecados originales es un díptico de deslumbrante lucidez en el mundo de nuestra posguerra.
Veinte años después de haber sido escritas, cuando el gran espejismo del enriquecimiento parece haberse hecho trizas, estas dos obras se cargan con nuevos sentidos, al tiempo que mantienen toda su excelencia literaria.

«Con permiso de Juan Marsé, Chirbes es el mayor novelista en activo de nuestro país» (Ricardo Menéndez Salmón).
«La buena letra vuelve a poner en danza el trinomio de la literatura mundial –el amor, el sufrimiento y la muerte–. Una obra maestra» (Hamburger Abendblatt).
«En Los disparos del cazador está todo: hay una realidad común, pero convertida en símbolo de la historia colectiva. Una novela memorable» (Santos Alonso).
«Con La buena letra y Los disparos del cazador, se ha situado entre los mejores novelistas contemporáneos» (Martine Silber, Le Monde).

Unos extractos del prólogo:
«Han pasado veinte años desde que escribí estos Pe­cados originales. La buena letra se publicó en 1992, Los disparos del cazador en 1994. Las dos nouvelles –‌que eso son, a esa definición aplican su ritmo, su tensión y has­ta su pretensión de acunarse en un tono– fueron escri­tas a rebufo del ajetreo del dinero fácil en una España que se preparaba para las grandes celebraciones del 92...
No puedo hablar de La buena letra y Los disparos del cazador sin hablar de cómo fueron aquellos años en que banqueros y millonarios se convirtieron en hé­roes populares. No sólo porque no hay arte que no tenga fecha y no sea fruta de su tiempo, sino porque, además, escribí estas novelas precisamente como un antídoto frente a los nuevos virus que, de repente, nos habían infectado: codicia y desmemoria. O, por ser más preciso –en la medida en que un libro segura­mente no es antídoto de nada, no salva de nada–, di­gamos que las escribí con el afán de almacenar en al­gún lugar briznas de esa energía del pasado que desactivaban, para guardar trazas de la página de his­toria que arrancaban, o para salvar la parte de mí mis­mo que naufragaba en aquel confuso vórtice. Al lector de hoy, cuando tantas cosas se han venido abajo, le toca juzgar si aún tiene vigor lo que escribí entonces…
He dicho que escribí estas dos novelas como quien fabrica una pila voltaica para dejarla a disposi­ción del lector, aunque creo que las escribí, sobre todo, por egoísmo: para salvarme, para sacar la cabeza fuera de aquel remolino. Las escribí porque no encon­traba mi lugar en el nuevo mundo que estaba nacien­do, porque braceaba en vano sumido en un chupade­ro de frívola voracidad y desmemoria. Por aquellos días en los que los valores se invirtieron bruscamente, tenía la impresión de que no sabía quién era yo, ni en qué se habían convertido los demás. Escribí este dípti­co, que ahora aparece con el título de Pecados origina­les, para volver a encontrarme, porque tenía mucho miedo de hacerme daño, o de que me hicieran daño, o de hacer daño. Lo escribí por la misma razón por la que he seguido escribiendo novelas otros veinte años».
Rafael Chirbes

Beniarbeig, 27 de junio de 2013 

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